17/06/2026
Una narración no necesariamente es una historia, una sucesión de hechos, la didáctica concatenación de un comienzo, una intriga y un final, eso a lo que la narrativa nos ha condenado. Una narración es una propiedad. Antes que el tiempo y la sucesión, antes que un orden lógico o quebrado, quien cuenta experimenta la pertenencia de lo contado, esa suerte de distinción privativa respecto a los hechos que, aun ajenos, solo pueden pertenecer a quien cuenta. Por lo que narración y acumulación originaria van de la mano. Marx lo supo desde un primer momento al descubrir la gravitación desigual que aquella última ejercía sobre la fuerza de trabajo, razón suficiente para que la rueda del capitalismo comience a girar. Narrar es entonces decretar esa propiedad, esa pertenencia; narrar es rodear un sitio, delimitar un campo en el trazo de las palabras; narrar es aspirar a ser el propietario de un lote donde producir sucesos imaginarios, en definitiva, es levantar una fábrica de lo real en el reino de la necesidad como demanda. Pero, aun en su presunción de objetividad, narrar es también una empresa de sí mismo, lo que comúnmente entendemos por contarse a través de lo contado. Lo contado es esa fuerza de trabajo que incrementa la cantidad del contarse, lo que jamás perece ni debe agotarse, pues el origen de la literatura, cuando el capitalismo se acelera, es el egotismo. Narración, capitalismo y egotismo son entonces los fantasmas que recorren la modernidad. Y en tanto que fantasmas, en tanto que imágenes de aquello que decae, de un orden que se subvierte en su degradación, trastocan la estructura de todo lo que quiera contarse, destruyen lo verosímil de cualquier relato y, sobre todo, afectan a la lengua con la que se lo cuenta.
Por Carlos Surghi