En La sombra de la mano, Selva Dipasquale ahonda, una vez más, en lo que la viene obsesionando desde hace mucho tiempo: el cruce entre la plástica y la escritura. Desde la dedicatoria y la breve nota introductoria, las artes visuales se imponen como la inspiración y el contexto de este libro que incluye la reproducción de una pintura de la misma autora, y poemas «escritos a partir de fotografías en blanco y negro del artista japonés Shomei Tomatsu, para dar a luz una nueva capa de sentido». De ese modo, la poeta decide trabajar, capa sobre capa, un material que, desde el comienzo, percibimos misterioso, pues a la vez que dice algo, lo oculta y vela.
Los poemas del libro, breves en su gran mayoría, acumulan imágenes abstractas que recuerdan cuerpos, accidentes, naufragios: restos de otros mundos. Un efecto detritus, un corpus en descomposición, algo que fue, cualquier cosa, lo perecedero deja sus huellas en el lenguaje.
