Estos cuentos que se dicen del umbral (que reclaman para sí ese espacio de revelaciones) tientan a establecer una genealogía literaria, especie de ardua fundamentación a la vez que imposible de delimitar. Una genealogía que incluyera tanto Las mil y una noches como a su traductor (y acaso reinventor) Richard Burton; al nada cándido Voltaire y a ese creador de complejas inocencias como el Caballero Inexistente y el Barón Rampante que es Italo Calvino. Basta, sin embargo, conjurar un nombre: Borges. Presente en los relatos de Alfón, por supuesto, desde el ensayo El escritor argentino y la tradición, que abrió los caminos de todas las mitologías y cosmogonías, sean históricas o apócrifas. Pero también, y de manera muy original, por el uso avieso (político) del anacronismo y la paradoja. Engañosamente cómoda, la prosa de Alfón resulta una frontera turbulenta donde la escritura se revela como umbral de lo indecible.
