«El verdadero protagonista de Andrade no es Andrade, es el lenguaje. El autor le descubre una arquitectura propia de la que brota la ironía como agua de manantial, una ironía que es pariente íntima del humor, afilada y a la vez compasiva, y hermoseante porque logra que alguien pinte de verde las alas de un gorrión. Nadie se llame a engaño: bajo el relato explícito subyacen otros, tristezas conmovedoras de la pérdida, guiños literarios de gran comicidad, reflexiones y preguntas sobre el ser humano y el mundo, los tiempos del pasado que modifican el presente que lo modificó, presagios de un futuro que fue. Alejandro García Schnetzer logra que el dolor sonría, con una finura de estilo que alcanza lo que Juan María Gutiérrez persiguió toda su vida: la difícil sencillez.»
Lucio Andrade abrió los ojos, los cerró y se quedó quieto. ¿Qué le pudo haber durado?, tres segundos, la pausa que va del despertar a la consciencia, cuando es del paraíso la almita, tela toda sin pintar. Se dio la media vuelta y en la operación crujió el elástico. Trató de volver el recuerdo atrás. No sirvió de nada. Acabó por sentarse en el borde de la cama, prendió un cigarrillo, prendió la radio, y siguió durante un rato la perorata cansina del locutor contando siempre lo mismo: epidemias, revoluciones, pogroms, crímenes escabrosos, retorcidos. –No te aguanto más –dijo, y de un manotazo corrió el dial. Así empezó el día.
Villegas, hombre de edad, flaco, algo torcido, enfermo de gota, propietario de la Librería del Sur, antes de Mayo, esquina Moreno y Defensa, entra al establecimiento, deja unos libros en el armario, descorre la ventana y saludando en polaco a la mujer que plumerea, va repasando in mente los compromisos del día. Luego se deja caer en su sillón, del cual, si le dieran a elegir, preferiría no levantarse.
A la ducha le llegaron de la radio los primeros acordes de Flor de fango, Lucio la entonó silbando. Rato después, mientras planchaba la camisa, fijó la mirada en la foto de Esther, retrato que conservaba por temor de olvidar su rostro un día.
Amplia librería de viejo, anticuario de los que no abundan, amenazado desde el vamos por la inutilidad. Villegas empleándose como un garimpeiro en distinguir lo útil de lo infame. En la vitrina que da a la calle Defensa nótase un féretro abierto, traído del cementerio, donde acaban arrojados ciertos libros engañosos, particularmente engañosos. El resto de la superficie lo ocupa más o menos lo de siempre: ejemplares que algo dicen al entendido, poco o nada al diletante.
