Cada vez que se menciona el nombre de Al Alvarez surge de inmediato el mismo diagnóstico: que se trata de un autor “inclasificable”. Y es absolutamente cierto. Si bien tuvo en Oxford una formación clásica ligada a la alta literatura y empezó su carrera en el ámbito académico, sus intereses fueron variando con el tiempo de forma drástica, y los libros que más adelante lo harían célebre abordan mundos tan poco ortodoxos como el póquer, el montañismo, el divorcio y el suicidio (y son, además, producto de experiencias personales, directas). Pero no es sólo la materia de sus textos aquello que lo vuelve un escritor único; si despierta la admiración de sus lectores es porque su pericia narrativa, cualquier sea el tema, resulta hipnótica: da lo mismo que hable sobre John Donne y la poesía metafísica o sobre los tahúres de Las Vegas, la obra de Samuel Beckett o una expedición al Everest.
El Diletante
27/10/2021
¿Se puede escribir desde la satisfacción? ¿Se puede hacerlo, además, sin ostentaciones y hasta con perplejidad? Y si se puede, ¿queda explicada una vida, su sentido último, el dibujo terminado, sólo porque quien la vivió se haya decidido a contarla? Amén de las dos primeras preguntas, encapsuladas en el título del libro, puede que Al Alvarez ni siquiera haya querido dar respuesta a la última (nadie feliz suele exigir cavilaciones filosóficas de este tipo). La pregunta se forma más bien sola en la lectura. ¿De dónde viene y qué significa, entonces, la sensación de que mucho o poco en el libro recién cerrado salió bien?
Por Manuel Crespo
