Devociones

Año
2017
Páginas
74
ISBN
9789873760631
Categoría
País

Lo propiamente excéntrico de estas Devociones es que cuatro siglos después y bajo una situación generalizada de anecdotismo para la platea, la escama de meditación conceptual que aquí prima, aporta un renovado sesgo metafísico no-idílico ni dramático. Gracias a ciertos filósofos del siglo XX recuperados por Gilles Deleuze (Whitehead y Bergson, especialmente), captamos que no era que la metafísica había muerto (sick!), sino que había para ella un plano que no remitía a la historia de la trascendencia platónico-romántica, sino a la cosmología físico-metafísica de una siempre soterrada ontología vibratoria, que se dispara desde poetas-filósofos como Heráclito. Nunca estuvo lejos de esta sapiencia la poesía conceptista, manierista o “metafísica” hasta hoy, y hasta este libro, que sin portar la pesada carga de aquellos movimientos, los sesga velozmente para usarlos sin adhesión ni recuperación. Aprovecha, además, que la metafísica en su fase conceptista es un arte de agudeza (lejos de lo plomizo y apesadumbrado del profundo) de la correlación aguda entre palabra e idea, bajo un manto –nada tranquilizador– de concisión, y de veloces fintas. Porque esta austeridad, por su estrecho contrapunto consigo misma, logra abrir los conceptos a sus percataciones existenciales (Existenciales, de paso, es el título de un libro de Girri, de 1986). El arte de agudeza en estas Devociones del siglo XXI se deja leer pronto: “hacer / con la penetración de una aguja / para introducir un concepto” = la finta se esgrime desde el inicio. Busca inocular el concepto desde un temperamento de suma austeridad que mezcla al párroco y al hombre mundano (John Donne mismo) aspirando a penetrar lo antes posible el pensamiento y sus existenciales (“antes de dar tiempo a más mentiras” –decía esa otra suerte de párroco mundano: William Burroughs–). Jamás cabría preguntarse, sin embargo: ¿cuál es el concepto?, ni siquiera respecto a los conceptistas, ya que sería malentender el procedimiento. Así como frente al arte conceptual del siglo XX tampoco se plantea de esa manera la pregunta, ya que todo quedaría respondido al mero golpe de vista o lectura (no es para esa trivia que se nos pincha). El concepto se lee menos en el contenido de lo que se siente en la aguja, al calor de su sustanciación, que es su poder existenciador mismo. Da toda la sensación de que Alan planta carteles de siete o quince versos por poema, para instilar cuanto antes su sustancia a fin de mellar rápido la coraza aural, cerebral, física: “introducir un concepto / que una vez / penetrada la resistencia / se inflama / quebrando la coraza / volviendo endeble lo firme / calando en la carne”. Entonces el concepto es un desprogramador que mina la carne, lejos de un programa de pensamiento o de acción. Una poesía de estas características viene a poner las cosas en buen lugar: sin filosofía a la vista ni adhesiones estéticas, el concepto, sin embargo presente, se vuelve un arma (el arte conceptual piensa así su performance): llega para hacer eclosión en la carne. La metafísica no-filosófica (de la poesía, del arte, del esoterismo de algunas religiones) siendo esta carne calada por una aguja de concepto, detona agudamente para abrir una situación –aun cuando efímera– de lectores y poetas agudos (nada de enfermos graves, pero tampoco de vanalidades regaladas), ya que estas devociones buscan el tipo de penetración que sólo la agudeza logra, gracias a las fintas escuetas de su jeringa, que sin embargo inyecta su “vino fuerte”. Alan empalma a un linaje de cautos lectores (por exagerar hablamos de un Girri, si atravesado de Donne(s)), pero también citaríamos lectores y poetas nada cautos, con rasgos directamente incendiarios, de guerra total o santa, como el Rimbaud que pasa por René Daumal, ambos apuntándole a Dios desde cada esquina terminal de su lírica, sea por la teosofía, por el cuarto camino o por la aventura iniciática de las sustancias: “para conquistar así / la densidad del mundo / la sustancia: / esa cosa / que las palabras no tocan”. Por fin, cabría apuntar un acto deliberado más de Ojeda, ligado a los títulos que elige, con reacciones en cadena: llamar Guerra Santa a la última parte de su libro, es ponerse a cabalgar con el mismo título usado por René Daumal en uno de sus libros más emblemáticos (así como antes lo hiciera con uno de Donne). Que es también vincularse a los hermanos simplistas (fraternidad fundada por Daumal), nombre que se mide respecto al oxímoron vital que aquellos contrabandeaban: buscar el conocimiento absoluto (que resuena con El Amor Absoluto de Alfred Jarry, claro), las bioquímicas de la percepción y del pensamiento, la iniciación según las vías ocultistas, el aventurerismo de la lírica desmadrada, más esa suerte de resuello existencial que mencionáramos, que hace de la guerra santa de Ojeda una cuidadosa obra profana: “llegarán también las bestias / a dar la bienvenida”, nos avisa, por si creyéramos que viene algún togado. Y de más está decir que su eco ambiguamente simple le permitirá indicar: “salvar lo que merece ser salvado”: la claridad. Así operan los hermanos simplistas: bajo “la claridad del sol dorándoles la piel”, lanzan sus más agudos dardos contra el mundo, que son armas conceptuales. Entonces se realiza una de las propuestas más dinamizadoras del libro: aligerar. Su (meta)física no agrava, ni es de notas graves, al contrario le devuelve a aquélla su poder de flotación primera, su ligereza de flecha iatromédica, como quería Ítalo Calvino para toda la literatura del siglo XXI. Cosa que Alan deja ahí en puerta, para que la detonemos desde el primer émbolo o verso, ahora. naKhlah Khan

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