El casorio se lee de una sentada y eso se debe al ritmo constante de este grotesco criollo que sostiene la tensión del ridículo sin respiro. Las imágenes quedan tatuadas en algún lugar del cerebro junto con el polvillo invasivo del guadal, el eco fantasmal de los clubes del interior y el aroma del cerdo que se cocina por las calles de este pueblo peculiar y a la vez tan típico. Muchos guiños a la cultura pop alrededor de estos personajes en estado salvaje y cierta complicidad con el lector diluyen por momentos la formalidad de la cuarta pared. Para quienes vivimos en un pueblo pequeño El casorio nos resulta una historia familiar y fascinante, para quienes no, bienvenidos a un universo nuevo.
