El increíble Springer

Año
2015
Páginas
102
ISBN
9789871768240

A finales de la década del cincuenta, cuando Punta del Este todavía era poco más que un balneario agreste, dos chicos traban una amistad casi instantánea y se vuelven inseparables durante años. Hasta que uno de ellos debe ser internado con un elusivo diagnóstico médico, una imprecisa anomalía clínica que lo reconfigurará todo. El increíble Springer cuenta la historia en torno a esa transformación: dos niños que entran en la adolescencia de un modo imprevisible, en un proceso que pulsa al mismo tiempo las cuerdas de lo siniestro y de lo familiar. «Al leer a Damián González Bertolino, uno pronto se olvida del autor. Incluso cuando el protagonista está tomado de su propia historia familiar, como en El increíble Springer. Tal como ocurre con las obras de los grandes narradores, el lector va reconociendo un mundo real y extraño, tenso y epifánico, que es a la vez suyo y del que escribe. Esa zona nueva no la percibió nunca, y nunca se la contaron como aquí, en este preciso momento. Todo varía, pero hay un tono, concentrado en narrar, que es propio, ya construido, inconfundible. Ofrece algo inédito que uno quiere seguir captando en la línea siguiente.» Elvio E. Gandolfo

Al asomarme a la puerta vi a Gastón semiacostado en su cama, con un codo apoyado sobre la almohada y con su cabeza descansando con todo su imponente peso sobre el hombro. Estaba hojeando una revista y en ese momento una mano pasaba la página con lentitud. La misma lentitud que tuvo para hacer el gesto simple de todos aquellos años, su sonrisa. Miré hacia abajo y en seguida me llamó la atención ver un colchón en el piso, y sobre él un montón revuelto de ropas de mujer. –Ahora los médicos me van a dejar salir… Eso fue lo primero que dijo, y duró tanto que pareció la voz de alguien que hablaba entre sueños. Así que esa manera de hablar fue la que tuvo para siempre el increíble Springer. Escucharlo era escuchar a un sabio cansado que al final entendía que no valía la pena comunicar nada, pero que lo hacía porque no le quedaba algo mejor que hacer. Era cierto que yo había decidido que ya no sería más mi amigo, pero con algunas de las cosas que íbamos contándonos podía ver como en reflejos al Gastón de antes, y de a poco me fui acostumbrando a eso. Así y todo la charla no duró más que una hora. Luego vino la madre, levantó el colchón y el montón de ropa y me avisó que Springer ya estaba pronto para llevarme de vuelta a mi casa. Siguió lloviendo toda la tarde y buena parte de la noche, y cada vez que yo me ponía a hacer una cosa antes de irme a la cama, trataba de armarme en la cabeza lo que sería al fin y al cabo la cara de Gastón, o el increíble Springer: era algo relacionado con imaginarme una cara, con las líneas de los costados, y empezar a colocar entre ambas los contornos que podían ser los ojos o la nariz y la boca, del mismo modo en que podía poner piedras que después iba a retirar de un manotazo. Con los días pude ver a Gastón más seguido y me acostumbré a los nuevos detalles y gestos que mostraba. Todos los mediodías me subía al De Soto y en media hora me encontraba almorzando con los Springer. A veces mi vista se cruzaba por encima de la mesa con la de Jean, y parecía que entre los dos se armaba un diálogo o más bien una negociación. Había en el espacio intermedio una verdad que era tirada de un lado y de otro, una verdad que sólo yo podía sacar a la luz, ya que Gastón podría dormirse de aburrimiento antes de ponerle el punto final. Pero yo bajaba la mirada y la verdad se iba hacia el lado de Jean con la vergüenza de los que caen de espaldas cuando les aflojan de golpe la cuerda de la que han tirado con mucho esfuerzo. Podía darse ese encuentro de miradas entre Jean y yo, así como se podían observar al pasar los otros comensales, pero generalmente había un vacío, o un espacio infértil que llevaba a lo único digno de atención: el pistón de la garganta del increíble Springer haciendo para arriba y para abajo, para arriba y para abajo, así, incansable, hasta que toda la comida se iba al fondo, ablandada, apisonada, hecha una pasta en el confín de una recámara inhallable del centro de su cuerpo. A la hora de la siesta, el increíble Springer, pero todavía no del todo el increíble Springer, se echaba boca arriba en su cama con la respiración de un envenenado, mientras yo, recostado en el colchón de la madre, aguardaba repasando las páginas de las revistas el instante en que la voz de Springer nos llamaba para subir al coche. Entonces íbamos a cualquier playa, la primera que se le pasara por la mente al padre, pero nunca a la misma del día anterior. La noticia de la transformación había sido comentada en cada habitación de cada casa de Punta del Este, y nadie se perdía la posibilidad de ver el resultado con sus propios ojos de asombro y espanto. La mayoría de las veces eso no era evitable. Porque los primeros en darse cuenta del lugar adonde íbamos eran los niños que tenían bicicletas, bicicletas que podían recorrer varias veces la costa al rayo de sol para conseguir el chisme exacto con el que ganarse un par de monedas. Así que una vez que Springer nos dejaba a Gastón, a Jean y a mí en una playa aislada, comenzaban a aparecer a ambos costados los grupos de dos o tres personas. Primero se mantenían a distancia y un rato después se acercaban hasta llegar a diez o quince metros. Cuando Springer pasaba a buscarnos, miraba a todas aquellas personas y se ponía a insultar en francés.

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