El último moscovita

ISBN
9786316682024
País

El juego de cantar de memoria la lista de los presentes en el aula, durante un reencuentro de excompañeros, trae evocaciones de la toma de un colegio preuniversitario cordobés en los noventa. Tomar lista es asumir el riesgo de las ausencias: la estela de un amigo –que estuvo hasta que ya no– funciona como la pieza perdida en el tangram del recuerdo que, al fugarse, habilita nuevas figuraciones de la adolescencia: un tremedal de fantasmagorías sexuales, imposturas en los pasillos, y fervientes, aunque silenciosas, convicciones.

Un suicidio de juventud, las víctimas del terrorismo de Estado sobreimpresas en los claustros, la membranza resacosa con sus oclusiones y deslices; son algunos de los vacíos de los que da cuenta El último moscovita mediante el ritual de los nombres propios. Si todo apellido es en el origen un llamado, Sebastián Menegaz ensaya su recolección de patronímicos eufónicos con sordina –después de todo, el propio apellido del autor, pronunciado en castellano argentino (“me negás”), expone el equívoco en que se funda la lengua.

Dicho sin vueltas, Menegaz es uno de los mejores escritores contemporáneos. La apuesta por narrar, a pesar de todo, con utensilios heredados del barroco –menos neobarrosos, estos; más deudores del rulo norteamericano que se trenza entre Sor Juana y Gerardo Deniz, con unas gotas de la lima de Lezama en el aliño– viene a solventar otra falla (tridente) en el contexto literario actual: forma, tradición, política.

Menegaz, al frasear, hace sintaxis, plantea con rigor una táctica, una táctica de guerra. Ramiro Quintana (El diletante, 2022)

El mote de experimental es carga pesada más que elogio para quien trabaja la prosa de modo absolutamente inusual. No le cabe a Menegaz. Hernán Sassi (Otra parte, 2022)

Menegaz saca palabras de una cantera inagotable, palabras como flores extrañas, como perdigones. Lucía Mazzinghi (Cuarta prosa, 2024)

Si la literatura, como apuntó Héctor Libertella, se hace una toldería armada a la intemperie, Menegaz está más bien solo con su lengua. Juan F. Comperatore (Caras y Caretas, 2022)

Una dicción y una dirección únicas, de especificidad absolutamente inédita en estos tiempos sin lengua o de idioma a tarascones. Luis Chitarroni

Reseñas

El Diletante

06/08/2025

El debate acerca de la forma y el fondo podrá ser todo lo bizantino que nos parezca, pero siempre vuelve. Siempre hay un autor desorejado –en el sentido de escuchar sólo la voz propia, liberada de mandatos estructurantes– que tensa la soga para el lado expedicionario de la lengua. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, subrepresentada y todo, la forma suele redundar en una gimnasia de eremita, como si subiera a un cuadrilátero vacío para boxear consigo misma, contestar preguntas que el exterior no le hace. Quien no vea un desequilibrio ahí, un problema, tal vez se esté quedando con la mitad más confortable del argumento, la que da razón sin tabulaciones mientras la verborrea se expande y se solaza.

Por Manuel Crespo

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