[Este texto fue leído el 2 de junio de 2026 en la presentación de Escritura y montaje, de raúl rodríguez freire, realizada en el Centro Cultural Gabriela Mistral • GAM, en Santiago de Chile]
Hay varias circunstancias por las que pude haber odiado con fuerza este libro. Primero, si era otra loa al santo varón don Ulises Carrión, que ya me tiene hasta más arriba de la coronilla con su arte nuevo de hacer libros, idea que se ha convertido en un significante vacío entre las inteligencias literales que medran en el curioso nuevo campo editorial chileno. Pero no, era otra cosa.
También, como este libro es un pequeño compendio de editores haciendo estupideces, podría haberme despertado el prurito de la defensa gremial, pero lo que ocurrió fue que se despertó el del cahuín, que es mucho más fructífero x supuesto.
Y esta compilación de trabajos sobre prácticas editoriales es, argumentada y orgullosamente, un ensayo en que la divagación informada dibuja conscientemente una estructura arbórea que se deja ir lejos antes de volver, decisión retórica que en otro momento me habría hecho sacar las manos de tijera pero hoy, cuando una ya no busca certezas ni depuración sino fricción y provocación, me gana absolutamente por la lateral.
Desde el epígrafe, una frase de Han Kang sobre los signos de puntuación como hormigas, este libro fue para mí como cuando vas caminando por la calle y ves de lejos a un familiar o alguien muy cercano que va hacia otro lado, y entonces lo contemplas como lo hacen otras personas… Es como un error de paralaje, un ejercicio de extrañamiento, de descentrar las piezas para volverlas a su lugar después, porque aquí aparecen muchos viejos conocidos, libros y autores que una ha manoseado y amasado largamente para que sirvan a tus propósitos, y que el autor ve con otros ojos. El efecto es que al final vuelvo a reconocer a mi familiar, solo que ahora con más capas, más hojas, otro montaje.
¿De qué se trata Escritura y montaje? De buscarles la vuelta a modos de desautomatización de la escritura, la anotación, la edición y la trasmisión del conocimiento. Se habla aquí, bellamente, de usos del aparato referencial que tensionan y enriquecen el texto central, del empobrecimiento intelectual que ha supuesto la estandarización de los formatos en el sistema académico de publicación, de la necesaria rebeldía autoral ante la aplicación robótica de normas de estilo que nunca han sido realmente reglas sino preferencias endiosadas por la variante de prestigio en cada sociedad, y de un montón de cosas cuya gracia está en su despliegue, y en la sorpresa que produce encontrárselas en estas páginas. Solo a modo de ejemplo: el nombre de Edward Tufte, con el que rayé hace años y cuya existencia había olvidado, o la novela El último samurái, que leí en los años 2000, probablemente siguiendo el encuadre de una ficción sobre la búsqueda de un padre.
