Falso testimonio

Esta nueva obra de Horacio Fiebelkorn desatiende por momentos los trazos de lo escrito anteriormente por el autor, salvo en la cadencia de aquel poema suyo, de otro libro, y ése es “Un pájaro pega en el palo”. “Falso testimonio”, compuesto por dos secciones, transita un minimalismo semejante, pero que se resguarda de las ironías, y el humor está a cuenta gotas. La primera parte es un largo diálogo entre partes, donde un hombre y una mujer, o un hombre y la Muerte (no se sabe a ciencia cierta), se reprochan, se aman, discuten, como un encuentro descatalogado del tiempo y lugar, y donde el peso existencial es muy fuerte, por momentos premonitorio y absurdo. Esta parte parece una lectura muy minuciosa de “La historia de nuestras vidas” y de “Hombre y camello”, de Mark Strand, y funciona como un colador de sentidos y de recursos para dar paso a la habilitación del testimonio. Porque de eso se trata: dar testimonio. La segunda parte es un conjunto de poemas amorosos, donde Fiebelkorn se muestra en carne viva, como pocas veces lo hizo en otras obras. “Ya no habrá forma de que me vaya/ ni fuego que me seque”, dice en “Las antenas y el beso”, y esas palabras humectan parte de una poesía que supo ir hacia adelante, y superar cualquier crisis sintáctica. “Falso testimonio” es el acto de fe de un testigo prolífico, que lo vio todo y conoce cómo seguir sorprendido. Y habrá que hacerle caso cuando dice, en uno de sus textos: “Ya cierra los ojos,/ construye en la oscuridad/ lo que niega la luz./ Hay sangre, hay pájaros.”

—Mario Arteca

Reseñas

El Diletante

18/03/2026

Los Redondos y Horacio Fiebelkorn nacieron en la misma ciudad. Eso no quiere decir nada, o sí, y menos que Fiebelkorn haya declarado alguna vez por ahí que el Indio Solari es un poeta, pero Falso testimonio podría leerse como estos versos de un tema del disco Luzbelito: “Es una de esas noches/ donde a todos nos gusta/ la misma bailarina/ y el mismo lunar”. El ambiente de nocturno humo (aparece el ídolo de los nocturnos mencionado con nombre y apellido, José Asunción Silva), la mina (¿o el mino?) que en este caso no baila pero que gira quizá en una cama, la intimidad de lo roto y lo fisura, la sensación etílica de brumoso sótano y encierro. Todo eso está, falta nomás el pogo.

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