Uno de los signos de nuestro tiempo es sin duda la falta de humildad, algo que se percibe en todos los órdenes de la existencia sin importar origen, condición o edad. En Francisco. Canto de una criatura Alda Merini se apropia de la vida del santo para mostrarnos, en palabras de Eliot, que «la humildad es infinita», como si ella hubiese sabido desde siempre que solo esa humildad abre espacio al otro, al sentir y saber del otro; un otro que está ahí, pidiendo ser oído, mirado y atendido del mismo modo que el santo de Asís supo oír, mirar y atender. Después de Cuerpo de amor, La carne de los ángeles y Magnificat, Alda Merini vuelve a deslumbrarnos con su voz siempre actual, con esa palabra suya que se hunde con obstinación en lo real para extraer de ahí una claridad que nos deslumbra y a la vez, paradójicamente, nos hace ver.
Libros como La tierra santa (1984), por el que recibió el premio Libex Montale en 1993, Baladas no pagadas (1995) o los tres volúmenes editados ya por Vaso Roto Ediciones dan buena muestra de la importancia de Alda Merini, que fue candidata habitual al premio Nobel de Literatura.
