Geografía de los amantes del Sur

El vacío dejaba oír la quena de los amantes. La sangre latía lenta y rápidamente mientras el estómago crujía del hambre y desazón.

Las cabezas se juntaban a escuchar la granadilla y se desnudaban con lentitud. El aroma de cada uno impregnaba las semillas. Caían en desahogo. Eran invisibles, el cuerpo desaparecía, se iba de viaje.

Poseían el color del barniz y los brazos descubrían nuevos parajes. Se sorprendían y se dejaban arrasar. Jugaban largo, entraban en bosques de eucalipto y riachuelos cristalinos. Parecían dos piedras de laja colisionando. Las líneas de las palmas descubrían el armazón. Kamal con su tacto desmembraba la columna. Laura sentía que palpaba su médula, que los nervios reían a carcajadas. Las yemas de los dedos se mojaron de sed y encontraron la forma de llegar y salir sin penetrarse.

La cabra baja de las colinas buscando el pasaje de piedra. Se distrae con el sabor de una manzana en su lengua y tropieza con un pasto mágico.

Avista la ciudad disfrazada de colores. Camina entre las carrozas de los toros, los duendes y los dragones. Han salido de los retoños hogares enteros.

Reconoce la plaza de Nariño. El movimiento del son sureño se confunde con el palpitar del Galeras. Su agua materna se reparte a los rostros blancos y negros.

Guarda la última mirada del señor Alan, cuando su caracol dejó de oír la corriente y sus yemas de acariciar un gato amarillo.

Con sus dos hermanos lo llevaron sobre los hombros, caminaron dos kilómetros cuesta arriba en busca de alivio para su partida.

Vivía solo, saludaba al limonero antes de bajar al río y cosechaba los aguacates más cremosos y grandes que mi boca probó.

Los parientes que visitaron su cuerpo callado dibujaron precipicios en su rostro. Lo velaron en su propia casa y le ofrendaron en ollas de barro azúcar, arroz y gallinas.

Kamal levantó la cajita del tiempo y deslizó un sobre con rayas azules y rojas. Un sombrero y una carta eran todo su tesoro. Yo lo vi, en medio de las ceremonias del dolor, cómo el difunto abrazó las palabras.

De este lado mis labios perfilando obsidianas y de la otra parte el reflejo ideal cruzando a lo largo de la garganta. Rehúso aceptar mi vanidad y la mujer insiste en regar geranios a las olas.

Soy una estatua que respira en el limbo de la juventud y ella es una dama sigilosa que me cautiva con el pañuelo carmesí.

Aquí voy montaña de mis amores: el primer paso contiene una bocanada de zarcillejos, de amigos, de valor. Camino sobre ríos de lava petrificados para llegar a los balcones del cerro y me sumerjo en el laberinto amarillo de mis inquietudes. Las sendas me traen el aroma de la hierba, de las entrañas del silencio, de las piedras dormidas en el valle.

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