Desde adolescente, C. Alfonso Coll Areco se sintió atraído por los temas espirituales y humanos. Leyó gran parte de la obra de Platón, San Agustín, Tomás de Aquino y Francisco de Sales. Al terminar el colegio se encontró con Dostoievski y, durante tres años, leyó exclusivamente sus obras. Ingresó al Seminario diocesano de San Miguel donde estudió teología cristiana. Finalmente se recibió de profesor de Filosofía en la Universidad Católica Argentina.
Promediando los cuarenta, dio un giro radical en su pensamiento religioso, espiritual y filosófico. Se acercó a Kant, a la narrativa de Herman Hesse, a los descubrimientos de Freud y al enfoque antropológico oriental. En esta obra se pone de manifiesto su mirada aguda sobre el hombre, su búsqueda constante de sentido y su filosofía humanista y existencial inescindible de sus cuentos y personajes.
La búsqueda del sentido de la vida y aún más, de trascendencia, subyace en La primera piedra, y el deseo de contar parece haber llevado al autor a viajar por culturas y ambientes alejados de los de todos los días, a pintar algo más que su propia aldea. En estos cuentos, el autor embarca al lector en viajes de vida de personajes muy diversos, aunque posean sentimientos comunes a todos los seres humanos: nobles o magníficos, pobres o perfectibles. Frente al misterio de lo humano, el autor escribe ávido por bucear en las emociones y acierta al evitar la solemnidad y apelar al humor y a la ternura…
El origen de la narrativa se remonta a épocas arcaicas cuando, reunidos alrededor del fuego durante un prolongado peregrinaje, o en las largas noches invernales, las personas se contaban historias para amenizar y pasar el tiempo. De una generación a otra, transmitidos “de boca en boca”, hemos recibido costumbres, valores, experiencias, mitos, leyendas, hazañas, pensamientos, ritos y tradiciones a través de la literatura oral.
A partir de los folclores de diferentes pueblos contamos con nanas, baladas, romances (los españoles, por ejemplo), cuentos (Cenicienta, Caperucita, entre muchos otros), adivinanzas, acertijos, canciones infantiles, relatos épicos (como los homéricos), nuestras conocidas “payadas” o las coplas norteñas. El arte de contar forma parte de la tradición. Cada cultura le otorgará la función de divertir, enseñar, comunicar, expresar, transmitir valores o preservar las costumbres. En estas narraciones, la palabra adquiere un valor fundamental como herramienta de comunicación con los otros y con el entorno. Su función excede la simple referencialidad, dado que, al pronunciarla, provoca sentimientos y respuestas del auditorio.
