La voz del texto en la escritura es como un bramido. Se escribe para encontrar singularidad en el mundo, a riesgo de no ser comprendidos. Se lee para entrar por un camino de oraciones que llevan al propio corazón propio. La voz del buey es una búsqueda sigilosa, ceremonial, del quehacer literario en la escritura, ese otro espacio que habitamos en la ensoñación o la experiencia nocturna. La autora se deja guiar por voces maestras de la literatura antigua, medieval y renacentista, desde San Agustín a Dante, Cervantes o el rey Alfonso X que revolucionó su época oficializando el castellano. Con ellos abre una profunda reflexión sobre la lengua escrita y la lectura, como celebración alegre de la vida.
El Diletante
01/06/2026
“Oye la voz con que te lees callada esta página”. Esta es una de las muchas oraciones que componen La voz del buey de Carolina Sanín, un libro no solo difícil de clasificar sino también capaz de interpelarte en forma directa, como bien lo demuestra el ejemplo precedente. Sanín escribe un texto fascinante sobre la lectura; un volumen más que se suma a la colección sobre lectores dirigida por Graciela Batticuore para Ampersand. Una podría preguntarse qué más puede decirse sobre la lectura y este libro respondería con creces; qué menos. La fascinación que provoca Sanín se construye de diferentes maneras. Primero, a partir de esta interpelación directa que sorprende en forma repentina, porque si bien se trata de un reiterado recurso utilizado en múltiples veces en la historia de la literatura, el hecho de que la referencia se encuentre en femenino provoca un efecto disruptivo que hasta resulta ridículo de constatar: estamos acostumbrados al lector, al masculino e, incluso, más acá en el tiempo, al tratamiento inclusivo con todas sus variantes; pero al femenino, liso y llano, salvo en revistas o libros exclusivos para mujeres, jamás. La primera reacción es dudar. Levantamos la cabeza. Interrumpimos la lectura. Nos preguntamos... ¿me habla a mí? No, pensamos... cuando dice “lectora” estará hablando de sí misma, como autora y como lectora. Pero pronto descubrimos que no. Sanín, simplemente, decide referirse al “lector” en femenino. Y con la potencia irrefrenable de ese minúsculo gesto, nos reacomoda ya en otro modo de leer. Un modo que tal vez en algún punto se desarrolle en el apartado denominado precisamente “Femenino”, donde al mencionar el origen del romance –la lengua hablada y no la de la escritura, de la que las mujeres estaban excluidas–, señala que tanto hombres como mujeres, al mamar la lengua de madres y nodrizas, imitamos al hablar a una mujer.
Por Milena Bracciale Escalada
