Agathi Dimitrouka apenas se clasifica en una categoría u otra. Aparentemente es tradicional. Conoce bien la métrica, el ritmo, la rima, sin que esto signifique que no la rompa y que no mezcle ritmos tradicionales con los heterogéneos modernos. ¿Qué tan bien conoce esa persona el idioma? Y qué economía en las palabras se requiere. También esto incluye a Dimitrouka entre los grandes creadores: la adaptación del lenguaje. Conversa con su memoria personal y a la vez con lo colectivo, lo griego y lo global. Vive en el país que dio origen a los mitos. Se arranca en ellos. Abre los mundos de la historia, la geografía, la política, el mito, la literatura. Un surrealismo tenue impregna sus versos, trascendiendo así los límites del discurso descriptivo y racional y, con una ironía provocadora y despertadora, grabando libre y audazmente todo lo que él no alcanza: experiencia cognitiva / mística, pensamiento profundo y destello visionario.
Colgad los perros en los olivares, que su lágrima corra como el aceite para cerrar los ojos de mis muertos antes que vean más siglos de locura.
¿Qué son mis muertos? Hordas y legiones de antepasados que no han luchado contra su propia naturaleza, pero sí en contra de fantasmas e imágenes
de monstruos con neuronas de acero. ¿El trofeo? Alguna isla de roca hasta que el Estado salga de la crisis y cuente las luchas y las calmas.
Inspirado en la tragedia Erofili del teatro cretense (1637). Se debe tener en cuenta lo siguiente: El rey padre de Erofili asesina a Panareto, amado y secreto esposo de su hija y, como regalo nupcial, le ofrece en una cesta la cabeza, las manos y el corazón del joven.
(Erofili a su padre) Estas no son las únicas manos que me abrazaban, muchas veces me abrazaste tú también. Tu afecto todos mis temores los tranquilizaba, tú eras el padre, yo tu hija.
Estos no son los únicos labios que me besaban, muchas veces me besaste tú también; entonces mis sueños como barcos navegaban sin alejarse de la costa.
(Erofili a solas) Él venía como un río festivo zumbando entre ramas y orillas del cuerpo y mi horizonte de muchacha se llenaba de rocío de noche, de escarcha de luna.
Los dioses de las ruinas cómo se amansaron cuando la tierra devoró su ira! Piedras abrazadas, árboles esparcidos y la necrópolis al lado, entre los arbustos.
Allá te vi. Dijiste: «Soy el Sintristeza. Enseño alegría a los neófitos». Todavía neófito yo? Me he martirizado en los amores de doble muerte.
Son altos los cipreses para señalar la ruta de Focea a Roma: por un lado la luz iluminando todavía, y por otro nosotros con noches que florecen.
