Ningún poema acaba o comienza. Más bien se pausa, nos aburrimos o sentimos que “ya estuvo bien”. Ninguna acción humana concluye como tal. Hasta una piedra está en movimiento y no cesa. No vivimos en un mundo de objetos, sino de hechos. Memética propone un hecho y no aquel concepto, ya clásico, que tenemos del poema como un objeto: cerrado en sí mismo, definido y, por ende, memorizable. Autoconsistente, pero mutable, con una dinámica interna que evoluciona, Memética se reproduce, se alimenta como un organismo vivo. Un día podés abrir el archivo y leer alguna cosa que te guste, luego no hallarla o hallarla diferente y esa constante latencia del cambio sugestiona al lector a que nunca está leyendo el mismo texto. Incluso si el poema no recibió ninguna modificación nadie puede asegurar de que no haya acontecido algo en el medio, algún desplazamiento sintáctico, una elocución borgeana, un acento que faltaba o sobraba. Como Leónidas Lamborghini (en toda su obra, pero particularmente en su última fermentación: carroña última forma) Fadel reconstruye sus textos y los textos de otros y las voces y todo lo que constituya información. Escucha, lee, transcribe, poema caminado, de libretita y esquinas, cantabile y mutabile, pero no en su insistencia consigo mismo, sino en su apertura a todas las canciones que florecen alrededor, los sonidos y los ruidos, los subrayados y cinco segundos por fuera de las paginas mirando al horizonte. Fadel propone una escritura zen, una escritura de la escucha, del reflejo, pero no desciende a la pasividad estanca, sino que permite la entrada del azar, el caos y la reordenación, casi sinergética, de las imágenes y los sentidos dentro del texto.
El Diletante
06/11/2024
Parece que cuanto más encamina un movimiento de ruptura la poesía más se acerca a sus formas sedimentarias y a medida que lo hace busca su sentido etimológico y una fantasía orgánica que es, al mismo tiempo, el modo en que el género piensa más allá de lo que piensa: las estrategias de supervivencia de eso que llamamos poesía que ensaya, cada vez, su disolución para reconstituirse y restaurar su sentido y su propósito. Memética, de Tomás Fadel, hace germinar en ese terreno los vectores con los que presenta su juego, que es ni más ni menos que el modo en que la poesía explora el campo de sus posibilidades, incluso hasta deshacerse de sí misma. La silva es un vector porque resuelve el discurrir y le da al género su capacidad de argumentación; la apertura de fronteras para que ingresen todos los materiales es otro; los modos de la vida, la vitalidad, la evolución y el paradigma científico son otros. Memética, digámoslo de este modo, tiene una ilusión infinita de materiales, variables, modos, temas, estilos, pero una sola matriz: la vida es la materia de la literatura y la literatura busca la forma de absorberla. Se coloca en esa zona de confluencia y desde allí revierte la unidad mínima, porque cambia el verso por el meme (y habría que debatir hasta dónde se altera el sentido de esa unidad), presenta una ficción teórica interna, El gen egoísta de Richard Dawkins (y se enlaza por eso a una figura, la analogía), y explora entonces sus variables: la absorción, el discurrir, la disolución del poema, la apertura de fronteras, las economías de la literatura, su retórica, sus instituciones y su mercado, pero más aún la persistencia del género y lo que en esa persistencia le interesa a este libro, tanto que toma la energía de una diatriba, que es el debate con las formas del capital.
Por Fernando Murat
