La muerte no es, en los doce cuentos que completan Mockba, una entelequia abstracta exhibida en el laboratorio simbólico de la especulación teórica. En estos relatos, la muerte es una presencia que demanda roce, ritual, una arquitectura y una palpable relación con el devenir de los personajes. Lo que interesa aquí ya ha dejado de ser la finitud de la existencia. Más bien, lo que se explora es el punto de intersección entre los discursos sobre lo mortuorio y el efecto de la palabra como pulsión viva. Es cierto que, en estas páginas, Diego Muzzio introduce cementerios, enterradores, deudos y profanadores de tumbas, pero también un par de gemelas antiestalinistas, un elefante desbocado o adolescentes que interpretan piezas de Sófocles. De este modo, la referencia tanática queda desplazada con astucia: deja de ser monomanía de la obra, para transformarse en un marco fértil, un entorno para el surgimiento de las innumerables circunvoluciones alrededor del pathos humano. El hallazgo de Mockba, lo que le otorga coherencia y brillantez, es doble. Por un lado, radica en contar doce historias absolutamente disímiles, que sin embargo conservan un hilo conductor corroborable desde lo temático. Por otra parte, Muzzio sabe reactualizar el código de la narrativa clásica, de modo tal que su apuesta formal redunde en una colección de relatos que son, a un tiempo, estilísticamente potentes y conceptualmente reveladores.
Acurrucado en la oscuridad del sótano, Santiago Iriarte bebió unos sorbos de vino. La náusea lo hizo temblar. No había probado bocado en cinco días. Las sienes le latían, su mirada era borrosa. En el extremo opuesto del sótano, los ojos amarillos de Calígula brillaban en la penumbra. Luego de la muerte de su madre, su hermano Carlos y él bajaron al sótano que la familia utilizaba como bodega. Llevaron con ellos al gato y la poca comida que encontraron en la casa. Tres días atrás, Carlos había salido en busca de más comida. Jamás había regresado. Y ahora Santiago Iriarte comprendía que refugiarse en el sótano había sido un error. Pensó que el cuerpo de su madre aún yacía en uno de los cuartos, pudriéndose sobre la cama. Pensó en el cadáver de Carlos tirado en alguna calle, devorado por los perros y las ratas. Iriarte reflexionó. Sabía que los animales huelen el peligro: nunca se acercarían a un cuerpo apestado. Debía pensar con claridad, tomar una decisión definitiva. Permanecer en el sótano no tenía sentido; tarde o temprano moriría de hambre. Iriarte no veía otra solución que abandonar el refugio e intentar escapar de la ciudad. En la oscuridad, volvió a toparse con los ojos del gato. Aquella mirada empezaba a inquietarlo. Calígula debía estar igual o más hambriento que él. Quizás no fuera prudente ignorar la posibilidad de que el animal recobrara sus instintos desnaturalizados de cazador para conseguir alimento. La sola idea de que Calígula, aprovechando su debilidad, pudiera atacarlo, lo llenó de pavor. Iriarte casi pudo sentir los colmillos hundiéndose en su carne, desgarrándola. Esta última consideración lo persuadió de abandonar el sótano. Se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo que sujetó con un nudo detrás de la cabeza. Tambaleándose, subió la estrecha escalera de madera. Empujó la trampa que sellaba el sótano. Un rayo de luz atravesó la oscuridad. Iriarte parpadeó. Calígula se precipitó hacia afuera. Pasó a su lado como una exhalación, una mancha amarilla desfigurada por la velocidad. Una vez en la superficie, le costó afirmarse sobre sus piernas. Estaba mareado y temblaba frío. Acomodó el pañuelo que envolvía su cara. Atravesó el patio, la sala, un cuarto pequeño, el zaguán y, finalmente, su mano se cerró alrededor del picaporte de la puerta de calle. La abrió. En el espacio que surgió entre el marco y el borde de la puerta, Iriarte vio una mancha oscura, un bulto grande y de límites imprecisos. Le llevó unos instantes comprender qué era.
