Saigón

Año
2014
Páginas
152
ISBN
9789873760082
Categoría
País

La trayectoria literaria de Mercedes Álvarez (Tandil, Buenos Aires, 1979) parece que, en los últimos años, viniera a decantarse por su versión poética. Después de un libro de relatos (Vecinos, 2010), una novela corta (Historia de un ladrón, 2010) y un libro de poemas (Imitación de los pájaros, 2013), su última entrega literaria es, también, un libro de poesía:Saigón, que edita Zindo & Gafuri, quienes ya editaron su anterior libro de versos. Si aquel se caracterizaba por “secuestrar del material narrativo apenas el detalle, la idea, el gesto, el tono, y disponerlo poemáticamente, verso a verso”, esto es, se dedicaba en su primer libro de poesía Mercedes Álvarez a un proceso de despiece y demolición de la tradición latina, en lo que respecta a la moralidad del carácter (había, pues, en aquellos poemas una destacada retórica de la ética y la rectitud, en virtud del consejo), en Saigón la escritora argentina vira hacia la materialidad inescapable del cuerpo e indaga en la espiritualidad de la carne. Se entiende aquí el alma como una prótesis del cuerpo (un equipaje mínimo para la vida) y el espacio en liza son los aledaños del yo. El intelecto, la razón, propenden a la naturalidad esencial en estos poemas (lo cual no obsta para que las ideas de la mente sometan a la poeta a ciertas travesuras). Y esas sustancias elementales (fuego, aire, tierra, agua) son los pivotes fundamentales de este libro, y aquellos a los que la palabra desea refrendar, aunque no siempre lo consiga (pues también, a veces, la palabra no se aviene a las órdenes de la razón y desoye al cuerpo, traicionándolo). Se constata en los poemas de Saigón una especie de naturaleza en pleno proceso de mortificación: un compás de espera. Y es que el yo poético se reencarna en la oscuridad del interior del cuerpo, que guerrea por desperfeccionarse y le gustaría hibernar, tomarse un descanso: librarse del fuego interno que lo asola. “Por favor aire”, grita la autora en uno de los poemas. Una estrategia que se utiliza con tino para evidenciar esa reyerta es la inversión de la lógica esperada (y esperable). Escribe Mercedes Álvarez, por ejemplo: “Mientras la mente responda al impulso de las manos”, o “lleva décadas / hacer que los ojos respondan”. Aquí se entiende el cuerpo en tanto que “carruaje invisible”, en tanto que origen y destino, y la carne como una barrera infranqueable (ahora, pero no antes, en el pasado; dicen unos de los versos: “Hubo un tiempo en que sabía / cómo derribar los muros”). Y Álvarez procede en el diseño estructural por aféresis, pero no en tanto que recurso poético, sino como procedimiento médico. Dicho de otra manera: del torrente de su sangre poética rescata solo lo que le resulta útil en un lento proceso de punción del cuerpo, y esto trae como resultado algunos poemas dispersos que son una especie de calambres musculares (en un puro sentido sintáctico), que se van repartiendo a lo largo del poemario y en los que la autora da cuenta de perdidas batallas del pasado (con otros cuerpos, pero también con el suyo propio). Vítreas son las palabras con las que se refieren estas hostilidades. Y se ha de remarcar este hecho en tanto que suponen esas palabras (el vencimiento del rubor que la autora confiesa que le producen las palabras) una sincera confesión.

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