Se vive y se traduce

Año
2021
Páginas
90
ISBN
9789871768721

En tanto teoría –que en griego significa “observación”: de ahí que, en la cultura, la palabra se asocie a una objetividad con frecuencia huidiza–, la de la traducción se puede resumir en tres preguntas y un solo endecasílabo: ¿Cuándo es el deadline? ¿Cuánto pagan? ¡¿Pagan?! Eso de ningún modo significa que no sea posible teorizar al respecto. Quiere decir, más bien, que no hay teorías de la traducción que no surjan de forma muy directa de la práctica: que no sean la práctica –que es ante todo un método para observar el mundo; y, en ese mismo acto, transformarlo–. De esa modesta alquimia, Laura Wittner –una egregia poeta, traductora y cronista del oficio– sabe mucho. Se vive y se traduce es una biografía laborable y, sobre todo, una historia de amor a las palabras, así como a los mundos cuyos límites trazan o borran en su estela, con su pequeña música. En apariencia un diario que incorpora aforismos, anécdotas, ensayos, traducciones –propias y de colegas, de manera indistinta–, Se vive y se traduce es un relato urdido en muchas voces, un coro de ventrílocuxs amigxs. También son los apuntes para una teoría, vivida intensamente pero enunciada al paso, sobre la ambigua y amorosa ciencia de traducir, que es siempre una gimnasia colectiva.

El profesor Costa Picazo entra al aula y, en lugar de pasar lista como de costumbre, apoya su maletín en el escritorio, agarra una tiza, se pone a escribir en el pizarrón. A sus espaldas el murmullo sigue. Lo observo: tengo la impresión de que está haciendo algo sagrado. Por fin deja la tiza, se limpia el polvo de los dedos y nos mira. La clase queda en silencio. Al lado suyo, en el pizarrón, hay dos versiones de un poema breve: el original –en inglés– y su traducción al castellano. “In a Station of the Metro”, de Ezra Pound.

¿Qué es traducir? ¿Cómo es que leo una oración en inglés y mi cerebro elige y ordena palabritas en castellano? A veces trato de frenar el mecanismo en algún punto para observarlo y creo enloquecer.

Y en las épocas en que no traduzco, ¿en qué empleo ese mecanismo tan específico de traspaso? ¿En procedimientos mentales que no lo necesitan, entorpeciéndolos?

Durante un año viví en Nueva York gracias a una beca Fulbright. Cada mañana me instalaba en el octavo piso de la biblioteca de la universidad. Traducía los poemas que el inglés Charles Tomlinson había escrito en Nueva York, hacía décadas, gracias a una beca Fulbright. Y como él, y como todo extranjero, escribía (¿por qué iba a escapar yo del cliché si no habían escapado Calvino, ni Lihn, ni Simone de Beauvoir ni García Lorca?) un largo poema sobre Nueva York (que era en verdad sobre mí). Así desde los libros, los parques, los subtes y las calles iba, sin proponérmelo, tras mi traducido: Caminamos por Madison. Es el final/ de una tarde de invierno, escribe Tomlinson, y por Madison volvía yo a mi casa, y era el final de una tarde de invierno, y elegía […] la calle/ que parece un hogar al que se vuelve, convertida/ de pronto en fiesta cuando entramos en ella/ con el olor de las castañas en los braseros de la esquina.

Reseñas

Revista Otra Parte

12/05/2022

Pocas tareas debe haber más invisibilizadas que la traducción. En demasiadas ocasiones, cuando más logra su objetivo, cuanto mejor es el producto de su ejecución, más secreto se vuelve el esfuerzo que ha demandado. Notamos casi de inmediato que un texto está mal traducido, pero sentimos que son Flaubert, Emily Dickinson o Kafka mismos quienes nos alcanzan las palabras que recibimos en nuestr...

Por Darío Steimberg

El Diletante

16/02/2022

En su traducción al portugués brasileño de 2007 del segundo álbum de Tintín y la Luna, “On a marché sur la lune”, el traductor, Eduardo Brandão nos muestra una intuición notable. El Capitán Haddock, borracho, decide volverse a casa y para ello sale del cohete y flota en el espacio exterior. Tintin sale a buscarlo y cuando lo encuentra lo escucha cantar una canción tradicional, popular, un samba que luego devendría un canto de capoeira y sería grabado por, entre muchos otros, Caetano Veloso, “Marinheiro só”. En francés, Haddock cantaba “Hardi Les Gars Vire Au Guindeau (nous Irons À Valparaiso)”, canción de marineros de alta mar de principios del siglo pasado. Eduardo Brandão no se limita a traducir textual la historieta, traduce el carácter del personaje, haciendo de Haddock un marinero del norte de Brasil, acercándolo al oído del lector. El I Ching aireano, Continuación de ideas diversas, aprobaría esa flexión.

Por Joaquín Correa

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