Los relatos de Gaby Blanco son frescos, potentes, inusitados. Me acuerdo la primera vez que leí “El alpinista”, uno de mis preferidos. Me impactó por su rebeldía frente a las formas tradicionales del relato. Pero no era el fácil nonsense, ni el surrealismo desquiciado, había control y no control, como sabe que tiene que hacerlo Daniel San, el discípulo preferido del señor Miyagui, que también pasa por estas páginas en una versión disparatada e inolvidable. Relatos que podrían ser poemas, poemas que podrían ser teatro. En esa alquimia se juega la riqueza de este libro.
