“Los aplausos generan un efecto empalagoso que trabaja sobre la vanidad del sujeto. Para el artista esto es muy delicado: no son pocos los que esperan el reconocimiento público de su obra, y una de las formas que adopta dicha constatación es la que guarda este procedimiento efusivo.
En otras palabras: los aplausos enceguecen.
Leer este libro puede contribuir a la cura de esa mala droga. Culpen a los aplausos
nos previene, finalmente, de la contaminación palma contra palma y Carrasco ruega, en acto altruista por demás plausible, que no lo aplaudan.”
Tomás Watkins
