¿Cómo se enfrenta una mujer a la glotonería del cosmos, a la marcha implacable del ejército norteamericano, o a enemigos más rudimentarios como la necesidad económica, la tristeza o el viento? ¿Cómo se es Vivien Leigh, Rhett Buttler, Valeria Lynch? pero también ¿Cómo se es un jarrón o un par de zapatos? Javier Roldán no da una respuesta, sino que ofrece un método, cuya pretendida irreverencia es el espejo de una honestidad avasallante: prender el televisor y escribir poesía. Dicha conjunción no es disonante ni contradictoria (mucho menos, dialéctica). Pantalla chica (que por extensión también es la grande) y escritura son cómplices, amantes, es decir, coautoras, como unos perfectos Valentín y Molina, recluidos en la celda improbable que es La extraña Dama. El monólogo dramático (estrategia discursiva por antonomasia del varón homosexual) condensa la apuesta formal y afectiva del libro, distinción que en Roldán se torna redudante: no hay forma desafectada. Las heroínas del cine y la televisión son modelos, recipientes, máscaras para el yo, pero también representan la posibilidad de escribir un relato propio, de tramar memorias, caprichos y sueños con producciones hollywoodense, con telenovelas, con literatura, “porque todavía imagino algunas noches que soy Gina Falcone”. Porque la poesía aún tiene algo para decir sobre nosotros mismos.
