¿Qué historias laten en las brechas que se abren bajo la superficie de lo cotidiano?
En Fisuras cada cuento se desliza como una fractura en la corteza de la realidad: detrás del borde luminoso de la infancia, asoman monstruos tejidos a crochet; tras el barniz del amor, reverbera una ferocidad íntima; entre el alboroto de un circo de barrio, un niño «especial» descubre su propio lenguaje; y, en la penumbra de una habitación cualquiera, una mujer decide que el cuerpo también puede ser un arma. Todas las voces —niñas, trabajadoras sexuales, ancianas desmemoriadas, verdugos y víctimas que intercambian máscaras— comparten la misma certeza: tal como manifiesta el epígrafe que abre el cuento «Rituales»: «La gente herida es peligrosa porque sabe que puede sobrevivir».
Con la delicadeza de quien borda a mano y la audacia de quien empuña un escalpelo, Alicia Gamondi talla lo cotidiano hasta que irradia asombro.
El tema central es la fisura misma: ese instante en que estructuras aparentemente sólidas (la familia, el deseo, la memoria, el género) se resquebrajan y nos obligan a mirar el abismo interior. Entre los subtemas palpitan la violencia de género, la marginalidad urbana, la discapacidad, la sororidad inesperada y un sutil realismo mágico que convierte gatos, mariposas o perros de lana en heraldos del dolor y la esperanza.
El libro dialoga con la crudeza lírica de Mariana Enríquez, la mirada compasiva pero implacable de Samanta Schweblin y las inflexiones fantásticas de Julio Cortázar, pero lo hace desde una furia y ternura profundamente singular: cuestiona los paradigmas del «amor romántico» y la «familia modelo»; expone los pliegues del sistema patriarcal y rehace, relato tras relato, la idea misma de resiliencia.
En un presente atravesado por debates sobre los maltratos, derechos de la niñez, diversidad y salud mental, Fisuras ofrece una lectura incómoda y movilizadora: nos invita a reconocer nuestras propias hendiduras y a escuchar las historias que zumban dentro de ellas.
