Agujeros

Año
2025
Páginas
138
ISBN
9786310064420
País

Buenos Aires, principios de los dos mil. Alejo tiene quince años y decide darle la espalda a la muerte. Después de una decisión así, cabe esperar que lo que venga sea la vida. ¿Pero y si la vida no llega? ¿Si todo lo que le queda es la ausencia de su madre, la violenta amargura de su padre, el desinterés de su amigo, la vergüenza y el rechazo? Si todo a lo que puede aferrarse se reduce a la imagen de su vecina tomando sol y al recuerdo de la escopeta de juguete que construyó en su infancia. Si todo lo que tiene son agujeros.

En esta novela, Sebastián Grendas, psicoanalista de profesión, ahonda en la salud mental de un adolescente omitido. Y a través de sus silencios, evasiones y fantasías, descubre la profundidad del agujero máximo.

Un mediodía, apenas dos semanas después de iniciar el tercer año del secundario, Alejo apagó el televisor y fue a la cocina a lavar su plato y todo lo que había usado para hacerse milanesas con puré. Pasó la rejilla por la mesada y se secó las manos con el repasador, que dejó colgado en la manija del horno.

Después subió al quincho. Contra la parrilla encontró la vieja escalera de mano azul, cubierta de manchas de pintura y ya medio enclenque. Alejo la apoyó en la pared de la terraza. Trepó hasta el último peldaño, saltó al otro lado y aterrizó en el alero; pegado, el toldo de chapas de aluminio con que su padre había techado el antiguo patio de planta baja. Caminó por el alero unos metros hasta que llegó a la punta y se topó con el techo de su dormitorio, algo más alto que el del resto de la casa. Salvó el pequeño desnivel y se encontró junto a una de las ventanas del quincho, que cubría la mitad de la terraza. Avanzó hasta la cornisa. Desde ahí miró en dirección al pasillo compartido del complejo, que se extendía debajo: calculó entre diez y doce metros de altura. Intuyó que sería suficiente.

En el bolsillo llevaba una hoja de carpeta doblada en cuatro. En el centro, y con la letra más clara que pudo, había escrito:

Tenía pensado hacer un agujero en el mosquitero de la ventana del quincho y dejar la hoja enrollada ahí, para que cuando subieran a ver desde dónde se había tirado encontraran la nota y pudieran entender.

Abajo, hacia la derecha, estaba el patio de las vecinas que vivían en el departamento de adelante: una madre con una hija adolescente y un hijo que parecía más chico. Alejo se asomó por ese lado sólo para contemplar la totalidad del paisaje antes del salto.

El patio estaba ocupado por la madre, que en ese momento tomaba sol: usaba malla negra y lentes oscuros y permanecía quieta en una reposera. Era la primera vez que Alejo la veía así. Cerca de ella había un macetón con la tierra removida y húmeda, pero sin ninguna planta. Una manguera prolijamente enrollada colgaba de la canilla de la pared.

Reseñas

Burak

29/06/2025

En Agujeros, Sebastián Grendas construye una narrativa contenida, íntima y brutal, donde cada silencio, cada hueco, cada rutina, se convierte en un espacio de amenaza o de fuga

Por Sabrina Álvarez

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