Ahí lejos todavía

Año
2019
Páginas
140
ISBN
9789878320052
Categoría
País

Irme, siempre quería irme. No lo declaraba, ni era demasiado consciente, pero cualquier motivo me empujaba a salir de casa. Comenzó con hechos ínfimos como estar en la puerta y recolectar lo que veía como grandes y extraños sucesos en el movimiento de los otros. Esa vecina alta de la vuelta que pintaba cuadros, paisajes al óleo. Las chicas más grandes que usaban medias de nylon y al pasar dejaban ese olor a maquillaje. Salir entonces era permanecer en silencio en el escalón de la vereda y mirar a esos otros. En una calle de tierra el tránsito de autos es muy pausado, muy lento; no hay peligro y la gente se desplaza también parsimoniosamente. Me sentaba en el porche enmarcado por una hiedra que crecía profusa desde una de las columnas y desde ese umbral del mundo me llenaba de olores y preguntas.

Ahí lejos todavía, de Alicia Genovese, está escrito a partir de la emoción. Desde ese lugar, desde esa zona de rescate se podría decir —porque la emotividad dispone siempre una dinámica de restitución— se compone la trama del texto. Y esta mirada abre la posibilidad de hacer un par de preguntas. La primera es: ¿Son estos textos autobiográficos? Y la segunda: ¿es pertinente esta pregunta? El límite entre la ficción y lo real es siempre una cuestión problemática cuando se habla de literatura, y en Ahí lejos todavía esta tensión se pone bien de manifiesto. De hecho, la narradora misma, en una de las últimas entradas del relato, dice: “Me pregunta sobre lo que escribo (se refiere a su madre) y le digo que no es poesía, que es prosa, quizás un libro de memorias, una autobiografía, una novela familiar (81)”. Piglia dice que considerar un texto como ficción no depende solo del que enuncia, sino que también importa —y mucho— la recepción y la experiencia del lector. Dice además que: “Quien recibe el relato puede leerlo como ficción o puede leerlo como verdadero, tiene esa posibilidad, ya sea por error o por exceso de sofisticación. El primer caso sería la construcción que hace Madame Bovary de las novelas; mientras que el exceso de sofisticación es el de Borges que tiende a leer como ficción textos que no han sido enunciados como tales”.

En nuestro caso, (me refiero en Ahí lejos todavía) tenemos un relato cuyo sistema causal dispone un imaginario que tiene muchos puntos de contacto con lo que nosotros conocemos como realidad (de hecho, el libro termina con una foto como fuente fidedigna); sin embargo, a mi entender, creo que el lector no se queda nunca pegado con esa lectura: el texto mismo se encarga de desmarcarse y de amasar su carácter connotativo. Uno de los recursos que se usa para conseguir este resultado es la modulación del narrador. Porque si bien es una primera persona la que comanda el texto (y eso está bien claro), esta voz tiene la facultad de desplazarse hacia una segunda (tomando al personaje de la madre como receptor del discurso) e incluso hacia una tercera: dando foco a las acciones de otros personajes. Esta cuestión le da al texto una dinámica extraordinaria; es decir, el relato está en constante movimiento. Es un tembladeral. Se desplaza en zigzag y este descentramiento —que es un corrimiento del eje discursivo— le da a la trama una inestabilidad que contribuye a tensar la intriga y, al mismo tiempo, favorece la emoción a la que recién hice referencia. Con este dinamismo se logra poner en acto el temblor de lo que se narra. En otras palabras, avanza el relato y, al mismo tiempo, se evidencia el reverbero de sus sentidos; es decir, de todas aquellas acepciones que están solapadas debajo de la trama.

Reseñas

El Diletante

15/04/2020

"Irse lejos/ para encontrar lo propio", dice un verso de Alicia Genovese que puede oficiar de salvoconducto para alumbrar las postales biográficas que conforman su nuevo libro, Ahí lejos todavía.

Por Valeria Cardinale

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