«Cuadernos recoge toda la sabiduría del Andrés Di Tella cineasta, pero sobre todo confirma al escritor que siempre estuvo allí, detrás de cámara, llenando las hojas de cosas vistas y oídas, de aquello que no sabría decir de otra manera; detenido un instante en algún cruce entre dos calles, varado en un café, en un trayecto de auto, en un paseo nocturno… Podemos leerlo como un libro de memorias, crónicas y viajes; y podemos leerlo como una saga familiar, o bien en clave política, filosófica o cinematográfica. Es sin duda un libro de aventuras, pero sin la arrogancia de los libros de aventuras. En estos cuadernos se entrecruzan y superponen historias, ciudades, barrios y calles, anécdotas y personajes, cineastas y escritores, pero también los hijos y los amigos… Un mapa lleno de senderos que se bifurcan, asaltado por filiaciones, intuiciones y conversaciones inspiradoras. Por él desfilan y se encuentran con naturalidad personalidades tan dispares como Ricardo Piglia, Lucrecia Martel, V.S. Naipaul, Macedonio Fernández, José Val del Omar, James Benning, Jack Kerouac, Narcisa Hirsch, Witold Gombrowicz, Francis Ford Coppola, Lola Arias, Malcolm McLaren, Norah Lange, Pedro Costa, Luis Ospina, Matsuo Basho, Alberto Fischerman, Eduardo Coutinho o Jorge Luis Borges… En todo caso es un libro de y en aprendizaje constante; el libro de alguien que ha sabido ser testigo privilegiado y después, en cada página, viene a ensancharnos generosamente el mundo.» Jonás Trueba
Conocí a Ricardo Piglia hace treinta años. Yo era periodista y estaba haciendo una nota para el diario sobre el tema del guion en el cine. Después de grabar una larga charla, me pidió la desgrabación, para revisarla. Cuando me la devolvió, se trataba de otra conversación, aunque hablaba de lo mismo. No la había corregido. Había escrito otra cosa nueva, totalmente diferente, resumiendo la conversación en unos pocos trazos esenciales. A la vez, sumaba una reflexión posterior, disparada por nuestra charla, y una anécdota sencilla que sintetizaba admirablemente toda la problemática del guion. Yo no lo podía creer. Quedó como el mejor registro posible de nuestro encuentro pero me quedé pensando si se trataba, efectivamente, del reportaje que yo había hecho. Después se publicó en el periódico no como un texto original de Piglia, que es lo que era, sino como una simple entrevista. Nadie hubiese pensado que se trataba de otra cosa. Para mí fue toda una lección sobre las posibilidades de lo documental. En la medida en que uno mismo pueda medir estas cosas, diría que la influencia de Piglia en mi trabajo ha sido perdurable, mayor tal vez que la de cualquier cineasta. Me deslumbró desde que leí aquella primera línea de Respiración artificial, la gran novela de los años oscuros de la dictadura argentina de los setenta: “¿Hay una historia? Si hay una historia, empieza hace tres años cuando…”. ¡Cómo va a empezar una novela sin saber si hay una historia! Eso ya me abrió toda una perspectiva, como punto de partida para contar una historia. Creo que todavía se pueden percibir rastros de aquella mezcla única, de reflexión en medio de la narración, de pequeñas historias privadas en medio de los grandes movimientos de la Historia, en mis películas La televisión y yo y Fotografías. Billy Wilder, en sus memorias, cuenta que tenía pegado arriba de la máquina de escribir un cartelito con una frase: “¿Cómo lo habría hecho Lubitsch?”. Más de una vez, al escribir un texto, al definir una voz en off para una película, al plantear un relato, al pensar cómo sintetizar una conversación, me he hecho la misma pregunta: ¿cómo lo habría hecho Piglia?
