Es un mozo de café. Trabaja en Asnières, en las afueras de París, cerca del túnel de salida de la estación de trenes. Ve a los viajeros, siempre apurados, pasar a lo largo del café. A veces entran. “No miro demasiado para afuera porque todo lo que me importa en la vida termina siempre instalándose del otro lado de mi mostrador”. A algunos clientes, Pierre los aprecia, como al joven vestido de negro que bebe su cerveza mientras lee Primo Levi, o a la mujer “perdida en su belleza” que no verá más que una vez, o al tipo que se desnuda para tirarse al Sena cada vez que se agarra una curda. Y también está la mesera, Sabrina, siempre radiante, de quien podría enamorarse… pero hace ya tanto tiempo que no lleva una mujer a su casa, y la última lo dejó, vaya a saber por qué. Además su mostrador, pronto, no recibirá más a la gente del barrio. Los patrones no andan muy bien que digamos ahora. Entonces, para el mozo de café, se acerca poco a poco la verdadera soledad.
Dominique Fabre describe dulcemente un mundo que se evapora, un hombre mayor que conserva el corazón de un muchacho. Fabre capta los gestos, y reconstruye una poesía de lo cotidiano, conmovedora y secreta… (Christine Ferniot – Télérama 4/1/2006)Este libro sobre la soledad es un pequeño triunfo de la simplicidad, de la justicia. (Gérard Pussey, Elle, 26/9/2005). Dominique Fabre agota las vidas y los acontecimientos minúsculos, que guardan un rasgo excepcional. (…) El artista esconde un trabajo admirable sobre el peso de las palabras y la medida de la trivial, pero también dramática, dulzura de las cosas. (d’Angelo Rinaldi, Le Figaro, 30/6/05). Esta es una novela que se lee de corrido y que deja un poco de resaca, después. Porque es justa de la primera a la última frase, porque es sin edulcorante, concentrada. (Thierry Guichard, Le matricule des anges, Nº 66, Septiembre de 2005)
