Madre fuma

Páginas
206
ISBN
978-631-6618-61-0
Categoría
País

¿Hasta dónde puede llegar una hija para no convertirse en su madre?

Gretel escribe para mirar de frente a Madre: esa figura desmesurada, brillante, cruel, seductora, dañina; alguien capaz de proteger y expulsar con la misma mano. En estas páginas, la narradora reconstruye una trama de origen hecha de silencios, frases heredadas, mudanzas, pérdidas, linajes femeninos, hermanos, descendencia y una inquietud que no deja de insistir: ¿qué parte del daño seguimos llamando destino?

Madre fuma no se acerca a una familia desde la calma del recuerdo ordenado, sino desde el temblor de quien junta restos: fotos, escenas, chismes, nombres, cuadernos, glosarios privados, versiones contradictorias. Cada capítulo parece concluir en una pregunta, pero ese cierre es apenas una trampa: allí donde el texto se repliega, algo se abre. Ahí reside su singularidad. No hay una cronología obediente ni una explicación tranquilizadora, sino un relato que avanza por asociaciones, golpes de memoria, humor filoso y una lucidez que incomoda. La voz de la autora es íntima, feroz, oral, impiadosa y tierna: puede hacer reír en medio del desastre y, sin aviso, dejar al lector sin aire.

Esta novela se inscribe en la constelación de las narrativas autoficcionales que indagan la familia como territorio de amor, violencia, desamparo y supervivencia. Dialoga con una literatura contemporánea que se atreve a desmontar los mitos de la maternidad sagrada, de la gratitud filial, y la casa como promesa de abrigo. Sus temas —los vínculos tóxicos, la salud mental, la culpa, el mandato, la crianza, la distancia como única forma de resguardo— anclan en dilemas urgentes de nuestro tiempo.

Porque esta no es solo la historia de una mujer que fuma ni de alguien que escribe. Esta obra deja sin coartada lo que recibimos sin pedir, las marcas que perpetuamos sin querer, y el intento de impedir de que hagan nido en quienes amamos. Todo legado afectivo trae una zona ciega: una lealtad que justificamos, una verdad que negamos, un gesto que regresa cuando jurábamos haber escapado. ¿Cuánto hay que desobedecer para dejar de ser el eco de nuestra madre?

Más de esta editorial