Una premonición queer

Año
2015
Páginas
78
ISBN
9789873760297
Categoría
País

En el poema “Vaimer” de Teste da iguana (1997), Anibal Cristobo cortaba el poema con estos dos versos: “La voz se lleva todo. / El poema desaparece”. No sé por qué en esa síntesis y remate leo algo así como el arrastre de una escritura que Cristobo supo construir desde ese libro en adelante. Porque cuando leemos Una premonición queer, lo primero que oímos –y tocamos– es una voz que aceleradamente no se detiene y que cuenta algo sin contarlo. Es decir, como si los poemas promovieran un efecto de narratividad a partir de un tono exasperado que coagula pensamiento, mundos y percepciones en cuanto protagonistas de un suceso que, sin embargo, nunca queda claro. Se trata, entonces, de una voz en la que emergen personajes de una poesía que ha sido desaparecida en ese efecto de narratividad en el que, sin embargo, todo el tiempo sentimos su aparición y su presencia irrenunciable. Es la aparición de la desaparición de la poesía en un mundo sostenido por una voz que no se detiene.

Esa voz que arrastra y lleva todo tiende, así, a construir encuadres mediatizados: imágenes televisivas, fotográficas, proyecciones y cámaras se encuentran en la mayoría de los poemas. Pero lejos de producir un efecto de realidad o una emergencia de lo real por la proximidad tecnológica que implicarían, los versos usan esos encuadres para construir con los restos de realidad que aparecen, una ficción con figurillas y personajes móviles, por lo general sin nombre, que adquiere la forma de una anécdota. Por eso, los restos de lo real se convierten en atributos, casi indiciales, de una voz que genera a través de ellos la presencia ausente de sí misma en un mundo anecdótico:

Es decir, lo que propone Cristobo es la aparición de una voz que se lleva todo en una escritura que se ha convertido en pantalla a través de la cual se ve una anécdota, un encuadre, una escena de aquello que no llegará a ser. De ahí que, al contrario de los medios masivos que tienden a usar su capacidad icónica con efecto de real, la poesía desaparecida aparece a partir de sus mismos dispositivos y formatos en la escritura para desacralizar la posibilidad de aquello que viene a confirmar que se es. En ese plano de escritura, como en el plano de una pantalla, no se llega a ser, aunque se intente ser todo el tiempo, porque el encuadre y la cámara o la pantalla someten a la edición inventiva de un relato mediatizado que se aproxima a lo real, pero como imagen de lo real, como algo que ya ha dejado de serlo. Por eso, lo que se confirma es que se está, que ahí, en ese plano, se está como y en una voz detectada por los sensores de nuestra lectura; se está sin llegar a ser nunca.

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