Cuando conocí a Lara, hace varios años, ella estaba trabajando en la traducción de los poemas de Moortown Diary de Ted Hughes. Los poemas de Ted Hughes describen la vida en la granja de su suegro y el intenso trabajo diario que implica criar animales. Son poemas de una fisicalidad muy específica, llenos de detalles –muchas veces escabrosos para quien lee desde la ciudad– sobre las contingencias corporales de vacas, toros, ovejas, aves. Aun así, en algunas ocasiones en las que conversamos sobre la traducción de estos poemas, a Lara y a mí nos hacía reír cierta distancia que creíamos percibir entre Hughes y estos animales, esta sacrificada vida de granjero. Porque si bien Hughes documentaba ese universo muy de cerca y con mucho talento poético, a nosotras nos parecía que lo documentaba sin terminar de involucrarse. Nos causaba mucha gracia imaginarnos al poeta sentado detrás del ventanal, con un té o un vino, con su ropa de campo impecable, escribiendo esos poemas mientras su suegro se ensangrentaba ayudando a parir a una vaca. Tal vez nos equivocábamos, por supuesto, y el pobre Ted ayudó a su suegro a ayudar a parir a la vaca.
Los poemas de Lara en La maquinaria celeste, justamente, están encabezados por una cita de Ted Hughes. Y también están llenos de animales (a veces protagonizan, a veces tienen papeles secundarios y otras veces son término de comparación en todo un abanico de imágenes). Sin embargo tengo la sensación de que Lara usa a los animales para un procedimiento inverso al de Hughes: no sólo se acerca a ellos sino que va convirtiéndose en ellos. Las percepciones que Lara les imagina a los animales le sirven, creo, para decir cosas que nunca diría bajo el pronombre “yo”, o “vos”. Perros atados en la puerta del supermercado que entregan los vaivenes de su ánimo a la posibilidad de que venga o no venga el que esperan, ciervos que intentan frenar la carrera de golpe antes de entrar a un consultorio médico, tortugas que confunden la luz de tubo con la luz de la luna, pájaros que necesitan viento a favor tanto como lo necesitamos las personas.
A mí se me ocurre –pero es muy posible que esta sea una idea caprichosa, como todas las que voy a esbozar– que Lara elige usar este procedimiento de fuga hacia los animales porque elige también no declarar del todo nada. En los poemas de Lara vemos la situación o creemos verla: la escena parece ser concreta, reconocible, cotidiana. Pero enseguida fuga. ¿Hacia dónde? A una comparación, una especulación, un razonamiento que velan parcialmente lo que creíamos ver. ¿Y para qué? No es tan fácil. Voy a intentar empezar por otro lado:
