«A mi juicio no existe un teatro de mujeres del mismo modo que no existe un teatro de hombres. Avanzar en esa dirección nos llevaría a consideraciones tan esquemáticas que, más que arrojar luz sobre el asunto, contribuirían a confundirlo definitivamente. Sin duda las mujeres se han mostrado menos en el campo de la escritura teatral y siempre hay una natural expectativa sobre aquello que aún no se ha desplegado acabadamente. Me ha gustado pensar entonces que esta curiosidad epocal sobre el teatro hecho por mujeres interviene sobre el objeto dotándolo de características que surgen menos de la escritura misma que de la mirada inquieta y acuciante del lector/espectador, que logra, con su protagónica y voluptuosa curiosidad, inducir un recorte de género. Acaso para festejar ese deseo inconfeso de los lectores es que estas sustanciosas piezas escritas por siete artistas –ocasionalmente mujeres– vienen a poblar estas páginas. La presente edición podrá, o no, colaborar con la ilusión del recorte de género mencionado anteriormente, pero constituye –sin lugar a dudas– una inspirada y excelente recopilación.»
nadia: Yo tenía siete años y bajaba las escaleras en bombacha con una cajita de fósforos. Llegaba a la cama de mis padres y los veía dormir. Mi madre era una masa de pelo enredado con la boca contra la almohada; mi padre un perfil flaco de frente al techo. Los miraba un largo rato hasta que prendía un fósforo contra las sábanas. Después, abría la puerta con una llave en forma de signo de pregunta, salía a la calle que era una gran autopista y me sentaba en un baldío a mirar mi casa incendiándose. Me molestaba estar en bombacha porque era invierno y los pezones y el ombligo se ponían azules. Pero era feliz viendo las formas de las llamas contra el televisor, las cortinas, el teléfono, los sillones, la biblioteca de mamá.
bruno: ¿Estás mejor? nadia: Tengo la cabeza incinerada. bruno: Debés seguir con fiebre. Es mejor que no salgas del departamento. nadia: No me gusta este lugar, son todos extranjeros. bruno: Nosotros somos los extranjeros. nadia: No, ellos. La forma en que se visten, caminan, viajan por las autopistas, se besan. En nuestro país no es así. bruno: Pero éste es su país. nadia: Podrían ser diferentes. bruno: Son diferentes. nadia: Quiero decir, parecidos. nadia: ¿Qué compraste? bruno: Arroz y un regalo. nadia: ¿Un diccionario? bruno: Para que aprendas el idioma y puedas quedarte acá leyendo mientras estoy en el trabajo…
nadia: En el avión soñé con el fin del mundo. Yo estaba frente a la ventana y los edificios explotaban tiñendo el cielo de rojo… ¿Vos creés en el fin del mundo?
