«¿Rimsky o Rimski? La diferencia entre la última letra de su apellido y el que encuentra en un álbum de fotos perdido lleva a una mujer a cruzar el océano en busca de un origen. La enumeración caótica es la figura retórica de todos los viajeros: mercados de Lévi-Strauss, bazares de Bowles, nombrados como cifras de una conquista por asimilación. La viajera de Rimsky parece comprender por despojamiento. Sus enumeraciones no atesoran, se despojan en nombre de una disposición hospitalaria a lo nuevo, donde la curiosidad se sobrepone a todo temor o arrepentimiento.
Escrito con una hipnótica perfección, al borde de la miniatura, Poste restante está hecho de epifanías calmas, lejos de la exaltación maníaca del viaje beat o del sesgo de denuncia del viaje guevarista. Observaciones delicadas pero políticas, sin afán de leer en el Otro buscando domesticar su sentido.»
Cada vez que la viajera se aventura a un nuevo lugar, siente un cosquilleo interno. Una mañana de enero llega a Safed en los altos del Golán. En la guía turística lee: “atractivo pueblo en la montaña con una rica herencia de misticismo judío, bendecido con una maravillosa vista”. La estación de buses queda en un recodo del camino, a los pies de la ciudad. “¿Y si continúo hacia el lago Teverya?”, se pregunta. El chofer termina su descanso y sube a la máquina. Seguir de largo, permanecer… En el cuaderno azul escribe las ciudades de destino, las ciudades de paso y las ciudades que no encuentra. Podría dejar la mochila en custodia y echar un vistazo calle arriba, pero si decidiera quedarse en Safed tendría que volver por el equipaje y subir nuevamente la cuesta hacia el centro. ¿Hay un camino acertado y uno equivocado? Calle arriba se cruza con un grupo de niñas, los vestidos cubren sus tobillos, cuello y brazos. Telefonea a la dueña de un hostal barato. Quedan de encontrarse en la pensión en diez minutos. “¿Y si regresa a la estación?” Shoshana tiene el cabello canoso, largo y desordenado, de su barbilla salen pelos y casi no tiene dientes. La sigue a un pequeño y sucio departamento con cinco catres. Debe estar acostumbrada a leer la decepción en los turistas porque inmediatamente se muestra amable e, incapaz de decir que no, termina pagando los treinta nis (tres mil pesos chilenos) que le cobra por noche. Sale del departamento furiosa. “¿Qué busca? Una ventana por la que atisbar un pedazo de ciudad o un paisaje, y una mesa para colocar la computadora”. En vez de eso se encuentra nuevamente en las calles. Un pequeño templo le evoca a su abuelo y a la modesta sinagoga (cuando las sinagogas en Santiago eran modestas) en el segundo piso de una derruida casa de avenida Independencia, con canastos repletos de maní para los niños. Sigue a un hombrecillo embutido en un abrigo negro largo, tocado por un sombrero del mismo color. Dejan atrás el centro, avanzan por colinas pedregosas bañadas con la luz del atardecer. Entre fragmentos de lápidas retorcidas y arrastradas por un derrumbe inmemorial, de modo que es imposible dilucidar cuándo se camina por el sendero y cuándo por una tumba, circulan como hormigas los religiosos. El sol empuja el aliento de las nubes sobre las colinas. Hasta una tumba santa iluminada por una lámpara a kerosén llegan tres muchachas, siguiendo la costumbre recogen piedras y las colocan sobre la losa. La joven que lleva un vestido en forma de saco sostiene un libro de rezos entre sus manos. La segunda se sienta en una piedra y una tercera enciende un fósforo, espera hasta que la llama se consuma, pero antes el dolor la lleva a soltarlo. –Me contaron que vieron a Ari tomando helados con Ester –dice, probando con un nuevo fósforo. –Es una traidora, pero me voy a vengar. –Si tú fuiste la que terminaste con él –grita la jovencita soltando el fósforo quemado con un gritito. –Qué niñas son –las increpa la ortodoxa. La intensidad del cielo próximo a apagarse recorta las figuras de la joven ortodoxa, la ex novia de Ari y la muchacha de las cerillas. La viajera está a varios metros de distancia, sigue sus movimientos, no alcanza a escuchar lo que dicen. Aunque se acercase, hablan en hebreo. Shoshana, la rumana con pelos en la barbilla, ofrece a su huésped una manzana y ella una petaca con vodka. El frío, la soledad o la pobreza favorecen la intimidad. La anciana le cuenta que su esposo la abandonó por otra, se llevó el dinero y le dejó tres hijos. Ellos se casaron y ahora vive sola. Lo dice riendo como si hubiese sido una mala broma, como si le hubiese sucedido a otra, a la turista. Se burla de los ortodoxos que portan celulares bajo sus abrigos negros y se emociona al recordar el dinero que gastó en salvar a un perro que finalmente murió. Recomienda a la más joven tener un hijo porque no es bueno llegar a vieja sola. La huésped le contesta que con tres hijos, ella también está sola. “Oh, me llaman por teléfono”, sonríe. Hoy escribe en la cocina, sobre un viejo mantel plástico, con el ruido intermitente del refrigerador, ante una minúscula ventana a través de la que distingue un árbol y una nube. Ya pagó los treinta nis de esta noche. Por la tarde recorrerá las calles, tal vez vaya al cementerio y se siente en una piedra o sobre una tumba hasta que sea hora de volver al cuarto. Hará tanto frío que se meterá en la cama. Shoshana aparecerá arrastrando las piernas. Como en su niñez, cuando sostenía alrededor de las muñecas la lana que su abuela ovillaba, Shoshana desovillará noche tras noche, a tres mil pesos chilenos la noche, la historia que la huésped enrollará en sus muñecas.
