(movimiento) Krakatoa, el último libro de Aníbal Cristobo, puede leerse como lo que viene después del desastre. De hecho, su título envía al nombre de una isla volcánica cercana a Java que estalló y literalmente desapareció en el siglo XIX y algo de esto queda en los poemas, o mejor dicho algunos poemas aluden a ese momento aunque en clave contemporánea: “Había desayunado en el/ hostal, antes/ de la explosión –mientras grababa// el video del muesil, la lonely/ planet, la sonrisa de scout mirando el mapa; recordando:/ ‘un sherpa, el cargador/ del móvil, volver/ a formatear las zonas conflictivas, el polartec’. El ruido/ despejó la región como la gravedad cero// lo haría. Los perros y las cacerolas cruzaron el espacio.” (“Hija del pastizal (vulcanic versión)”). Esta ficción del desastre aparece como presente, algo que se produce mientras se despliega la escena del viaje, o como premonición: “Cuando decidamos retirarnos; y nos encerremos/ en esta mina flotante –que algunos/ comparan con un agujero negro/ a la deriva, y otros, con una bola de/ guano– soñaremos recurrentemente con esto: que somos/ un punto invisible pero determinado por la rotación constante/ del zodíaco; y que una sucesión de puntos sólo es factible/ como pesadilla. Para entonces/ habremos construido a nuestro alrededor un ecosistema/ inmóvil, hecho de animales articulados contra un césped/ sintético, que reaccionarán al oír nuestro nombre con mensajes/ de error y óperas electrónicas.” (“Bondage”). Sin embargo, la relación con Krakatoa, con ese desastre natural de hace siglos, se da sólo por el título del libro que la evoca. Lo que quiero decir es que éste no es un libro de poemas sobre aquella explosión, pero sí sobre el desastre, planteado muchas veces con una imaginación que parece provenir del género de ciencia ficción, e incluso de ciertos western norteamericanos. Entonces la palabra Krakatoa es un signo que abre una lectura del desastre y sobre todo, Krakatoa, el libro de Cristobo, propone versiones que van siempre hacia el momento de los desplazamientos y reasentamientos. Lo que habilita el desastre en estos poemas es el movimiento (y sí, la frase puede entenderse en sus dos sentidos). Los que hablan en el poema o aquellos de los que se habla, siempre están llegando, se están yendo o están en medio de ese trámite, como se lee en los versos del epígrafe. A veces el movimiento parece autónomo, como si fuese el eco de algo que ya sucedió: “decía: ‘vuelvo; es igual// que una rueda/ que se suelta, y sigue andando sola/ por algún tiempo más’.-”; otras veces es premeditado y sin embargo, aparece cada vez asociado a una forma de la incomprensión o de la ineficacia (de hecho parece no existir el movimiento sin su costado de falla).
